Una historia de nuestra comunidad
Sofía Amaya
Estudiante
“Hoy, cuando los días se ponen pesados o la rutina abruma, sé que puedo refugiarme en mi canto para desahogarme y reencontrarme.”

Antes de que la música se me cruzara en la vida, mi forma de lidiar con las cosas difíciles era simplemente desconectarme y echarme a dormir. Para mí, dormir era la única forma rápida de apagar el ruido de la cabeza. Sin embargo, cuando empezaron los ensayos y me le medí al canto, todo fue cambiando con una soltura que ni yo me esperaba. Aprendí a soltar lo que llevaba por dentro a través de mi propia voz y a mirar la vida con más calma y con los pies en la tierra.
Pero lo que verdaderamente se me quedó grabado en el corazón no fue solo aprender a cantar, sino entender que uno no tiene por qué recorrer el camino a secas y en soledad. Compartir esas horas de técnica, meterle el pecho a las canciones junto a mis profes y compañeros, hizo que cada fallito y cada logro se volvieran recuerdos compartidos.
Hoy, cuando los días se ponen pesados o la rutina abruma, sé que puedo refugiarme en mi canto para desahogarme y reencontrarme. Sé también que cuento con gente de alma noble dispuesta a escucharme sin juzgar y a darme un abrazo o un consejo sincero. Más allá de la música, lo que construimos aquí es una familia de verdad, un lugar seguro donde puedo ser yo misma, sin filtros y con el corazón abierto.